del béisbol venezolano
mil cuentos han escuchado
Desde Mayo de 2006 no he dejado de viajar, sin asentarme en un sólo sitio por mucho tiempo. Los planes futuros sólo muestran aún más viajes. Espero registrar algunas impresiones del recorrido a través de la escritura.
En una oportunidad me explicó los repuestos que debía llevarle para reparar el carro y, cómo mis conocimientos de mecánica eran muy limitados, no entendí ni en su segunda explicación. Se puso de mal humor y me dijo, Vamos, yo voy contigo a la tienda o terminarás comprando lo que no es. Entró a la oficina a buscar su cartera antes de irse y me quedé frente al ayudante, con quien intercambié una mirada de complicidad. Esta vez era yo el regañado y el ayudante me miraba con burla, Lo voy a dejar que maneje él hasta la tienda, le dije, o me va a caer a gritos por no saber manejar, a lo que el ayudante me respondió, en tono de chisme, No, ese viejo no sabe manejar, se conoce hasta la última pieza que va en cada rincón del carro pero nunca ha manejado uno fuera de un estacionamiento. El viejo apenas habló en el camino a la tienda. Se le notaba enfermo, pero era muy testarudo para irse a su casa a descansar. Al regresar al taller el viejo colapsó al bajarse del carro. Fui yo quien llamó la ambulancia. El ayudante me contó que la mujer del viejo lo dejó hacía varios años y que su hijo varón estaba preso. Su hija vivía en otro país. El viejo me balbuceó la dirección de correo electrónico de la hija y me pidió que sacara sus cuadernos del taller. Fui por ellos, que estaban en una gaveta medio escondida de un escaparate de libros en la oficina del taller, y no pude contener la curiosidad de leerlos. Eran enormes. El primer cuaderno tenia un lomo negro, de hojas gruesas y blancas, y estaba lleno de gráficos, ecuaciones y algunos escritos sobre matemática y física. No entendí ni una letra. El segundo cuaderno era del mismo material, pero de lomo rojo. Este era más grueso y estaba repleto de cuentos cortos. Algunos abordaban temas de teología, otros de alguna mitología extraña, tal vez basada en el Popol Vuh, otros de simple fantasía, y unos cuantos eran reseñas de libros. Recuerdo un ensayo sobre La Montaña Mágica de Thomas Mann que no pude digerir. Había incluso una nota que discutía una película, Bailando en la Oscuridad, y explicaba cómo la actriz hacía el único trabajo válido de actuación, uno que consume al actor, y según el viejo sólo le faltó morir de verdad, colgada de súbito mientras cantaba. Uno de los cuentos era un diálogo con Eleguá, inextricable y horrendo. Otro analizaba Malabo Blues de César Mba Abongo. Otro más contaba cómo Venezuela y Colombia se fundían en un terrible proceso geológico, hermoso y cruel, que los convertía en una sola masa, apartada del resto del subcontinente. El primero de los cuentos era el único escrito en tono convencional. Se notaba que fue escrito mucho antes que los demás, sobre todo por el estilo, que había evolucionado bastante. Era una historia digna de una telenovela con final trágico, contada en un tono sardónico, terrorífico quizás, con tufo a muerte, aunque sutil.
El viejo se recuperó. Me hice su amigo, tal vez en contra de su voluntad. Se negó a discutir conmigo el contenido de sus cuadernos. Ofrecí traer gente digna de leerlos, científicos, literatos, pero el tema era un callejón sin salida. En sus últimos días desvariaba con frecuencia, hasta que en un arranque de lucidez me dirigió una mirada feroz y me ordenó, Guarda los cuadernos y publícalos cuando haya muerto. Claro, antes me había ordenado destruirlos, pero como de todas formas mi elección sería la errónea, escogí publicarlos. Tras su muerte su familia no comprendió la importancia de buscar hasta el último rincón para dar con ellos. Luego de un par de veces que me permitieron entrar a su casa, donde revolví todo a mi paso sin suerte, su hija me prohibió que volviera y me amenazó con la policía, visto que mi insistencia rayaba en lo neurótico. Le escribí incontables correos electrónicos explicando la potencial relevancia de los cuadernos, incluso diciéndole que ella podría hacer una fortuna con ellos. Nunca me respondió. No dejaré de preguntarme qué habría sido del viejo si hubiese publicado su obra.
Salió del baño, con las manos chorreantes de la brusca y efímera lavada de manos. Caminó por inercia por la sala del apartamento, como si una fuerza externa le prohibiera descansar así fuera un segundo. ¿Sería eso el jet lag? ¿O era el jet lag el cosquilleo de las piernas? El tanque llenándose desde el baño retumbaba y parecía haber quedado un estruendoso eco burbujoso impregnándolo todo del agua yéndose luego de bajada la cadena. Era todo nuevo en este apartamento. Pequeño pero nuevo. Mesas de algo que recordaba al mármol, pero no lo era, paredes vinotinto, mesas de vidrio y metal cromado en los muebles de la cocina. El estómago le daba vueltas y sabía que debía volver al baño pronto, otra vez. Le retumbaba en su cabeza la arrogante sonrisita de su amigo Julio. “Vietnam es fantástico”, le repitió hasta el cansancio. ¿Para qué lo escuchó, si sonaba tan poco creíble, tan poco confiable? “La comida, fuera de este mundo”, le decía Julio. “El país dónde mejor he comido en mi vida y, asombrosamente, coincide con ser el más barato también. No se puede perder en Vietnam”. Llevaba día y medio allí y todo era surrealista. Ho Chi Minh City. Aterrizó en la mañana del viernes pero salió de Venezuela un miércoles cuando aún era temprano. ¿Cómo es que se desapareció el jueves? Nada tenía sentido. Bajó por las escaleras de aquel edificio angostísimo y nuevo. ¿Por qué era todo tan nuevo? Parecía irreal, de utilería, en especial al contrastarlo con las calles agrietadas, las maticas creciendo de las grietas, los cables en todas las direcciones, saliendo de todos los lugares, y las motos, eso era lo peor de todo, ¿cómo podían haber tantas motos? Eran moticos casi todas, de las vespa, que es avispa en italiano por el ruido que hacen, un zumbido, aquello no era una ciudad, era un enjambre. La única forma de cruzar la calle en ese revoltillo de motorizados tocando cornetas sin parar y viniendo de cualquier parte, de la calle, de la acera, de las alcantarillas pareciera que salieran, era siguiendo a un local, que cruzaba paso a paso, levantando una mano en señal milagrosa, como Moisés cruzando el Mar Rojo. Caminó hasta el centro comercial que estaba allí enfrente, a poco más de una cuadra de su casa. Las fachadas de los edificios tenían ese aire colonial francés. Los carritos malolientes con baguettes que rellenan con paté, quesos de la vache qui rit y ramitas un tanto más orientales, “los mejores sanduches que te puedes comer en una calle” – por favor, que se borre la imagen de Julio hablando sandeces – estaban a la entrada. Unas escaleras de terra cota sucia llevaban a un entramado de tienditas, todas llenas, dentro de un edificio extraño, con un sótano al que no se sabía muy bien por dónde se le llegaba o por qué estaba lleno de motos que se movían lentamente. Era como una mirada a otro nivel de la ciudad, subterráneo, el avispero por dentro. Al final del pasillo estaba una puerta de vidrio que parecía contrastar con todo a su alrededor, negándose a encajar, arrogante. Era la única imagen occidental. Una puerta corrediza de vidrio, que se abre automáticamente cuando la gente se acerca, con un letrero con símbolos y logos en verde y rosado que recuerdan un bosque de fantasía. Está empañada la puerta por el aire acondicionado que hay adentro. Y se abre cuando, con una mano en el estómago, con un golpe de sed que le hace doler el paladar, se para en enfrente. El aire acondicionado le produce un extraño alivio, junto a las luces y la decoración occidental de un supermercado para extranjeros, el más caro de Ho Chi Minh. Sólo hay mujeres blancas caminando por los pasillos con sus carritos y un par de niñas, ¿europeas, australianas?, corriendo, sin separarse demasiado de su mamá, que finge no prestarles atención.
La noche anterior fue a comer a la mansión amarilla. “Pocas veces en mi vida he comido tanta comida tan sabrosa como ahí”, le decía Julio. En una cosa tuvo razón, era muy barato. Sin embargo, lo que no pagó en dinero lo estaba pagando ahora en sufrimiento. No había dormido casi del dolor de barriga. ¿Cuánto tiempo había pasado, diez, doce horas? Ya no sabía bien qué hora era. Era de día, de mañana probablemente. Era sábado, claro, tenía que ser. ¿Por qué había ese tráfico un sábado y, de ser así en el fin de semana, cómo sería el lunes? Prometió no quejarse más del tráfico y las colas de la autopista de Prados del Este. Caminó como un zombie por los pasillos del supermercado y pensó quedarse ahí el resto del tiempo, mudarse para uno de esos pasillos con productos al triple o cuádruple del precio que a cómo los vendían dos locales más allá. Era un rincón de occidente en ese caos asiático que lo repelía como un tumor maligno. Tomó un par de bolsas de pasta, salsa boloñesa, un litro de leche neozelandesa, una bolsa de muesli australiano, un baguette y una bolsa de lonjas de queso amarillo. Pagó con esos billetes enormes, todos iguales en diseño y con distintos tamaños y colores, tan increíblemente devaluados. ¿Cuánto costaba aquello, cinco mil, cincuenta mil, quinientos mil? Le podían decir cualquier cosa y lo pagaría sin saber si estaba bien.
Regresó al apartamento tras caminar apresurado con sus sonoras chancletas. Subió las escaleras hasta el tercer piso, en vez de esperar el mínimo ascensor nuevo, con botones nuevos y recién engrasado para hacerlo ver más brillante, más nuevo. Cerró la puerta de una patada al entrar y el ruido, mucho más estruendoso de lo esperado, lo sobresaltó. Soltó las bolsas en el piso y notó lo tensa que tenía la espalda. Estaba hiperventilando. Pensó entonces que eran las escaleras, pero él estaba en buen estado físico, subir tres pisos no lo iban a dejar con esa taquicardia. Se puso las manos en las rodillas y se sostuvo respirando fuerte, con la boca abierta, como un short stop que acaba de hacer una acrobática atrapada y espera ansioso la próxima jugada. Sintió una especie de poder, una confianza inusual en sí mismo que no encajaba en todo aquello, como si hubiese consumido cocaína. Y entonces le dio por reírse a sonoras carcajadas. Abrió los brazos y los batió, imaginando que tenía alas como una enorme águila, mientras se reía, no sabía de qué. ¿Qué hacía él en Vietnam? ¿Cómo fue que aceptó un traslado para este país en donde no conoce a nadie? ¿Cómo hacía para regresar y matar a Julio? Se desplomó en una de las sillas de cuero de la sala y se sintió mejor, aliviado. Se burló de su situación mientras se daba cuenta de que aquel apartamentico era, dentro de todo, acogedor. Y la silla esta era cómoda. Era mucho lo que se iba a ahorrar en tan solo un año, con su nuevo salario, su repatriación y el hecho de que le paguen casi todos sus gastos. Y le sobrarían las mujeres. Después de todo, un occidental con un buen salario era un éxito asegurado con las mujeres en el sureste asiático, le habían jurado eso. Fue lo único que no le juró Julio, “Yo soy casado y de buen salario no tenía ni la esperanza, ¡pero la comida en Vietnam, uff!”.
Pensó en guardar la leche en la nevera antes de que se le olvidara y se le dañara ahí en el piso de la sala. Entonces se puso a revisar los gabinetes de la cocina, con mucho mejor humor. Encontró unos cubiertos de Ikea, un sacacorchos eléctrico, unos manteles individuales y algunos otros instrumentos de cocina en las gavetas. Fue cuando abrió la puerta de un gabinete metálico, que estaba trabada. La tuvo que forzar. Tal vez fue el impulso de la inercia de cuando uno hala una palanca trancada hasta que cede de pronto, sin que uno se lo espere. El corazón le dio un vuelco. Perdió el balance por un instante y no estaba viendo hacia abajo cuando algo salió disparado de adentro del gabinete y le tocó la rodilla. Se fue desplomando hacia atrás en lo que le pareció una eternidad. Su mente le funcionaba mucho más rápido que su capacidad de darle una orden al cuerpo para evitar la caída. ¿Qué le tocó la rodilla, una rata? Vio mientras se caía hacia atrás cómo lo que le tocaba no era un animal, era una mano, y el asco inicial se transformó en pánico, así, en menos de un instante, mientras aún estaba suspendido en el aire. Pasó por mínimas fases cíclicas de sorpresa, escepticismo y alarma. La mano se hizo borrosa un instante. Mientras caía cada vez era más evidente que la mano no estaba tratando de agarrarlo, sino que caía, la mano también, inerte, mientras se seguía abriendo la compuerta y se mostraba una masa oscura primero, debió ser un saco, cómo va a ser eso una mano, pero lo era, una mano, pegada a un cuerpo de una mujer con un vestido estampado, eso es el cabello castaño, con su cabeza rebotando contra el piso, haciendo la cabeza de la mujer un ruido que dolía al estrellarse, como una imagen de Akira Kurosawa, mientras él caía y su cóccix por fin pegaba del piso y sus ojos, abiertos a más no poder, debían mostrar una cara de horror bollywoodense. En un soplo estaba fijo, en el suelo, atónito mirando aquello. Tras dos segundos más, pensó: “¡El coñísimo de tu madre, Julio, hay una puta muerta en mi apartamento en Vietnam!”

Lo más sorprendente de estos tres individuos es que son extraordinariamente predecibles: pocas veces he visto a tres personajes encajar de manera tan precisa en un estereotipo. El militar debe tener cerca de cincuenta años. Tiene un corte de cabello, pues, militar, es particularmente corpulento y usa un traje café, con camisa beige y una corbata café (como el traje) sostenida con un pisa-corbatas en forma de águila calva alargado. Su sola expresión en la cara lo delata. La fiereza de su tosca sonrisa y la manera en que los músculos de la mandíbula se le marcan al pararse firme no permiten otra conclusión: es militar. Por otro lado, el diplomático es un tipo delgado, en forma, carismático. Se ríe cuando habla de una manera que invita a reír con él y utiliza la ironía con sentido del humor. El diplomático es el único rubio de los tres. Mira a la gente fijamente a los ojos y habla como si estuviera frente a una cámara de televisión. Por último, el abogado era el más alto de los tres y el único que estaba notoriamente fuera de forma. De hombros angostos, brazos muy largos y gafas cual culos de botella, el abogado se notaba incómodo siendo el centro de atención de un grupo tan variopinto como el nuestro. Tiene el cabello negro y crespo, la piel olivácea y una poblada barba que se le adivina aún recién afeitado, como el estereotípico sefardita. Asimismo, se adivina que es muy inteligente.
Luego de que los organizadores de NYU no supieron explicar la agenda de la reunión, los tres individuos se vieron obligados a improvisar algo, así que hablaron un poco de lo que hace cada uno y luego permitieron que hiciéramos preguntas. El militar contó cómo ha pasado largos años entre guerras y misiones de paz, y cómo desde hace un año está asignado a esta posición, no sin antes resaltar las bondades de tener un refrigerador a la mano cada mañana y no tener que pararse en la madrugada a escupir órdenes porque hay un bombardeo. El diplomático comentó cómo ha estado en la misión por casi dos décadas y cómo ha cambiado el ambiente gracias a la nueva administración, implicando sin mucho disimulo su antipatía por George Bush y su enorme alegría de servir bajo la gestión de Obama. Parece que los diplomáticos de otros países lo toman más en cuenta ahora. El diplomático también destacó el honor que sentía el reportar todos sus asuntos a la embajadora Rice, quien a su vez le reporta a Obama. Estar a sólo un paso del presidente es para él un gran honor. El abogado también intervino, mostrando una personalidad mucha más introvertida. Comentó que su labor primordial es la negociación de términos clave en resoluciones del Consejo de Seguridad y añadió un par de anécdotas mundanales sobre las conversaciones para emitir la resolución 1973, esa que adoptó la zona de exclusión aérea en Libia el pasado mes de marzo. El abogado terminó su intervención resaltando cuán más fácil es para él negociar términos favorables para Estados Unidos bajo el actual gobierno, pues durante el anterior no a mucha gente le agradaba el tono con el que venían las “sugerencias” de su país. El militar, tal vez para no auto-excluirse, intervino de nuevo para decir que Obama ha sido el primer presidente de Estados Unidos en haber visitado y felicitado a las tropas que participan en misiones de paz, algunas de las cuales pueden ser tan o más cruentas que las guerras. Por esto, dijo, aseguró estar muy agradecido y haber cambiado de parecer, pues antes, aclaró, no pensaba de la forma en que lo hace ahora y tampoco era precisamente simpatizante de la ONU.
Las preguntas, en su mayoría, pasaron sin pena ni gloria, al menos en mi opinión. Me parece que lo mismo pensó el diplomático, quién empezó por decir que podíamos hacer preguntas fuertes, pasó luego por asegurar que estaba bien si hacíamos preguntas hostiles y terminó por llamarnos abogados inusuales pues no éramos capaces de generar confrontación. Esto fue mucho para mí y terminé levantando la mano. Pregunté qué cómo estaban ellos leyendo la ya mencionada resolución 1973, pues parecía que más allá de protección para los civiles habían terminado por tomar bando en un conflicto interno y estaban activamente intentando derrocar el gobierno libio, lo cual no pareciera que es lo que ordena la resolución. En antelación a que no me dejaran repreguntar, lancé de una vez una segunda pregunta, pidiéndoles que describieran cómo anticipaban que podía ser el escenario en Libia en caso de que lograran el objetivo de derrocar el gobierno: ¿iban a desarrollar una misión de mantenimiento de la paz y seguridad o se iba a parecer un poco más al actual Irak o Afganistán? El diplomático sonrió. El militar apretó las mandíbulas. El abogado habló primero. Aclaró que la gente tiene una confusión al pensar que la OTAN está tratando de derrocar al gobierno de Libia. Que los Estados Unidos, hablando por sí mismos, sólo están tratando de proteger civiles y de aplicar la zona de exclusión aérea con métodos bastante severos, pero no tratando de ir más allá de la resolución 1973. Añadió que es muy distinto el hecho de que el gobierno de Estados Unidos haya manifestado que ellos preferirían que el régimen de Gadafi llegase a su fin, pero que sus fuerzas militares no están activamente buscando este fin sino sólo proteger civiles. El diplomático intervino entonces para decir que hasta este punto no se han sentado a planear qué se puede hacer en Libia si llegase a caer el gobierno de Gadafi pues es un escenario muy incierto y hay muchísimos autores involucrados, pero está seguro, dice, que dada la complejidad de la negociación de la resolución 1973, cualquier otra cosa que se haga en el futuro va a ser un reto diplomático y que la soberanía de Libia debe respetarse por encima de todo. El militar, al encontrar un agujero en el discurso del diplomático, intervino sólo para decir: “No US troops on Lybian soil”, algo así como “no habrán tropas estadounidenses en el suelo de Libia”.
La verdad, me pareció muy interesante nuestra conversación con la misión de EEUU en la ONU.
Los días han pasado bastante rápido últimamente. Quisiera escribir sobre varias cosas, pero tengo que conformarme con el poco tiempo que tengo y sintetizar las entradas. Puedo contar, muy por encima, que Cris y yo nos fuimos con nuestra amiga Barbara de Liechtenstein para Washington, DC, donde nos quedamos con nuestros altos panas Julie y Mike. Aparte, pudimos conocer a Lucía, la bebé de nuestros panitas Paul y Bernardita, quienes acaban de mudarse desde Chile.

Al regreso me he instalado ya en el apartamento de Jersey City. Me gusta el vecindario en el que vivo, de camino del Path (el subway que conecta a Jersey City con Manhattan) tengo que atravesar por calles llenas de tienditas de todo tipo, distintos restaurantes étnicos, un centro comunitario donde dan clases de tambores y una mini-galería de arte donde practican capoeira.
Por último, me parece atinado comentar que me encontré con un viejo amigo hoy. Carlos, quien se mudó desde Venezuela hace unos meses para NY, sigue estando repleto de historias interesantes, cuentos espeluznantes, chistes socarrones y pensamientos sofisticados y profundos. La verdad que nunca puede uno aburrirse de hablar con Carlos, siempre tiene un cuento que supera al anterior. Quizás lo que más tiene son secretos. Su conocimiento de una serie de monstruos por dentro lo proveen de suficiente munición. La masonería, la santería y el gobierno bolivariano son algunas de las instituciones por las que ha rondado Carlos, en grados altos. No sé de cuál de las anteriores tiene mayores restricciones para hablar. Son, precisamente, esas restricciones las que le permiten decir sutilezas muy densas que luego toca deconstruir, pero se queda uno con la duda, todo el tiempo.
Por otro lado, sigo leyendo a pasos endemoniados, pero me voy quedando rezagado. Debo apurar el paso. La verdad, todavía no he empezado a estresarme. Creo que ya viene siendo hora.
Aparte de todo lo que hay que leer, debo resaltar dos cosas bien interesantes de esta nueva empresa. Primero, las clases son en Nueva York. Más propiamente, en la Universidad de Nueva York. Por lo tanto voy a pasar los próximos tres meses encerrado en una biblioteca del East Village. Cristina se queda en Boston, esa es la parte más aburrida de todas. Pero de resto es interesante: me voy a mudar a un cuarto en Jersey City a unos 20 minutos por el metro (Path) de la universidad, voy a poder ver a varios amigos y familiares que están en la ciudad o sus alrededores y Cristina va a venir todos los fines de semana. El segundo asunto a resaltar son mis nuevos compañeros de clases. Somos un grupo bien pequeño, apenas 16, pero bien interesante. Todos ellos acaban de terminar el mismo postgrado que yo hice en Singapur, así que ya se conocen entre ellos, yo soy el único recién llegado. Pero este primer día me hicieron sentir bienvenido. Los latinos predominamos con dos colombianos, dos venezolanos (incluyéndome), un mexicano y una dominicana. Nos siguen de cerca los asiáticos con dos chinas, un coreano, una japonesa y un indio. Los europeos, terceros, con un par de suecos, que aparte son pareja, un belga y un italiano. Por último, hay un australiano.
Hoy, luego de las clases, terminé yéndome a saludar a Veronica y a David (mi cuñada y su novio) y luego a tomarme una cerveza con mi amiga Barbara en Grand Central. El bar en el que estuvimos realmente valió la pena la caminata de 15 cuadras con trescientos kilos en libros, pero eso es ya otro cuento. Por ahora me toca dormir de una vez para evitar hacerlo durante las clases.