jueves 26 de noviembre de 2009

Los Hombres Derechos Miran

El Zurdo llegó al club harán unos nueve años. Es un hombre reservado, siempre con un rostro grave, de ceño fruncido, pero sus pupilos lo admiran y sus logros como entrenador lo han hecho inamovible en el club. Quienes más le quieren en particular, claramente, son los zurdos. Los derechos, debido al extraño esoterismo deportivo que los excluye, no lo tienen en tan alta estima. Poco o nada se sabe de su vida personal.

Cientos de historias se han tejido alrededor de su persona: que es argentino (o, más recientemente, cubano) pero hace un esfuerzo para que no se le note el acento y por eso no habla casi; que es homosexual y posiblemente pedófilo, por eso su pasión entrenando a niños (ignorando, quizás, que entre sus mejores alumnos hay más de una niña y varios adultos); que es masón, y alternativamente a esta teoría, que es santero, o palero, o espiritista, o rosacruz, y que lo que les enseña a sus alumnos zurdos está relacionado con el más allá; que se ha cambiado el nombre (el cual casi nadie conoce, para todos es, simplemente, el Zurdo), y que en su época de juventud fue uno de los mejores tenistas del mundo, pero una lesión temprana lo alejó de las canchas (esta teoría requiere, para su sostenimiento, incluir que es además bastante mayor de lo que aparenta, por eso nadie lo reconoce, o que efectivamente es extranjero). Varios han levantado calumnias (o declarado verdades) contra él y han tratado de que lo expulsen del club. Sin embargo, la directiva siempre los ha desestimado, por su absoluta falta de evidencias.

Sus rodillas están en bastante mal estado, por lo que le cuesta mucho correr, y últimamente lo evita del todo. Pero cuando estaba recién llegado al club, los mejores tenistas que allí juegan lo retaron. A pesar de su limitado desplazamiento en la cancha, nadie pudo vencerlo. El topspin de su derecha (no su mano, su golpe, que lo hacía con la mano izquierda, siendo zurdo) era extraordinario, el bote de la pelota era impredecible: picaba dos o tres veces más alto que lo que lograba cualquier otro, para luego moverse a los costados, imposible saber a cuál de ellos con anticipación. Su revés era endemoniado e impredecible, con un topspin apenas más leve que el de su derecha, golpe que intercalaba con un corte seco, que dejaba la bola casi en el sitio en que picaba. Nadie sabía dónde pararse cuando se le enfrentaban, y su combinación de golpes y efectos lo hicieron imbatible. En una oportunidad se enfrentó en el club con Nicolás Pereira, quien tuvo un par de match points, pero cayó derrotado por el zurdo en el tie break del tercer set. Muchos saltaron a decir que Pereira, ya retirado, tenía muchos años sin jugar, o que lo dejó ganar, o que estaba lesionado, que el Zurdo juega todos los días, que estando Pereira en sus buenos tiempos le habría dado una paliza. La mayoría se remitía a reconocer su gran tenis.

Sin embargo, no era su calidad de juego lo que lo hacía tan misterioso y blanco de tanta habladuría. Eran sus peculiaridades como entrenador lo que despertaba el imaginario popular. Si bien nunca se ha negado a entrenar a nadie, su trato hacia los alumnos zurdos es distinto que con los derechos. Aquellos tenistas bajo su supervisión que son zurdos y que demuestran el talento necesario y la dedicación suficiente, pueden ser elegidos por el Zurdo para experimentar una especie de ceremonia de iniciación, luego de la cual, se hace evidente, es que realmente les enseña sus secretos.

Nunca habló a nadie sobre qué les decía a los elegidos durante la iniciación, aunque la misma fuese, técnicamente, pública. No se conoce tampoco de alumno alguno que haya osado repetir los secretos impartidos por el Zurdo.

La ceremonia de iniciación era un evento esotérico. El Zurdo era muy delicado al respecto. Todo se hacía en las noches, generalmente cerca de la medianoche, después de que el alumno hubiese pasado una serie de pruebas físicas y hubiese memorizado algunas palabras, que sólo repetía frente al Zurdo. La celebración se hacía en la última cancha, la que está más baja, estando en la cual nadie podía verlos desde afuera. Se cerraba la puerta y el Zurdo permitía, exclusivamente, que hombres derechos la presenciaran. Zurdos, mujeres y menores de edad no podían entrar, aunque se tratara de una niña. Sin embargo, como podemos atestiguar quienes hemos asistido, estar allí como espectador es más bien aburrido. No sabemos nunca ni podemos adivinar de qué se trata todo aquello, aunque lo hayamos visto frente a frente. Las reglas para los asistentes son claras y estrictas: se deben sentar en las gradas y no les es permitido acercarse a la cancha, ni hacer ruido, o entrar o salir durante la ceremonia. De más está decir que se prohíben celulares y cámaras fotográficas. Nadie, aunque prestara mucha atención, escuchaba lo que el Zurdo le decía al iniciado, quien, sentado en un banco con los ojos vendados, hacía extraños movimientos, a veces con la raqueta. Luego bebía de un termo que le ofrecía el zurdo, se ponía de pie, ya sin la venda, y corría alrededor de la cancha extendiendo los brazos. Todo aquello duraba menos de media hora. Al final de la ceremonia el iniciado no jugaba tenis por una semana, ni le era permitido tocar la raqueta. Al volver a las canchas, su juego empezaba a mejorar de forma paulatina e indetenible. Los iniciados únicamente recibían clases solos o con otros iniciados. Cuentan padres y hermanos de iniciados que, a veces, los escuchan murmurando, como repitiendo un mantra, tras la puerta de sus cuartos, en las noches.

El mejor de los alumnos del zurdo se había mudado a Nueva York, donde una universidad le había ofrecido una beca deportiva. A sus diecisiete años ya había participado en tres grand slams en categoría junior, e incluso había llegado a cuartos de final del Roland Garrós. Volvió para navidades y en el club le recibimos como a un héroe. Estaba jugando a un nivel extraordinario y se rumoraba, incluso, que iba a ser convocado para el equipo de Venezuela en la Copa Davis.

Fue esa noche en que le agasajamos los viejos del club que pude, entre tragos de whisky, sentarme al lado de él y obtener una confesión inesperada. El zurdo, quien era muy mal bebedor, se tomó dos tragos y estaba notablemente afectado, por lo que se fue temprano, no sin antes darle un sentido abrazo a su pupilo estrella. Todos los que asistimos a su iniciación estuvimos ahí. Le hicimos infinidad de bromas y comentarios sobre la influencia de sus conocimientos esotéricos. Se lo tomaba de buen humor, pero no revelaba nada, y aseguraba que aunque no conocía a nadie en el extranjero que hubiese recibido una iniciación similar, él mismo no le había contado a nadie al respecto, por lo que es posible que otros también guardaran secretos. Lo acosamos preguntándole sobre señas peculiares o simbología que les permitiera a los iniciados reconocerse en el mundo, pero se reía sobre tales insinuaciones.

Él no había tomado tanto como nosotros, por lo que a las dos de la madrugada estaba mucho más fresco que ninguno de los viejos. El interés hacia su persona disminuyó y empezaron a hablar de negocios, o cualquier otra cosa. El tenista se paró para ir al baño y, a su regreso, estaban los viejos que quedaban enfrascados en una discusión sobre el verdadero valor de un lote de tierra junto a la autopista. Yo era el único sentado aparte, junto a la barra, así que el joven se sentó al lado mío.

Aun no sé qué chiste trataba yo de hacerle, cuando, luego de hablarle un poco del tiempo en que yo viví en Nueva York, le dije, en forma de broma, que sabía la verdad, que él no era realmente zurdo. Su cara cambió de forma violenta y sus manos apretaron bruscamente el borde del banco en el que se sentaba, como si se aferrara para no caerse a un precipicio. Su quijada apretada le hacía brotar de forma intermitente los músculos de la cara y su respiración se había acelerado. Me preguntó que cómo lo sabía, y a esas alturas yo aun no estaba seguro de si era él quien estaba haciéndome una broma a mí. Sin saber cómo reaccionar, traté de seguirle la corriente, diciéndole que no importaba cómo me enteré, pero que ya lo sabía. Me dijo que el Zurdo no lo imaginaba, me pidió que no se lo contara, ni al Zurdo ni a nadie, dejando escapar un dejo de amenaza.

Al final me contó todo, aprovechando el resguardo de los gritos y carcajadas de la mesa de al lado. Su padre, que no era socio del club y a quien yo ni siquiera recuerdo, le había hecho mucho hincapié desde niño en que debía aprender a batear a la zurda, ya que el deporte que realmente jugaba era el beisbol. Se destacó bastante como bateador en las ligas compoticas, y se paraba alternativamente a la derecha y a la zurda. Luego, su padre escuchó hablar del zurdo y lo inscribió en clases de tenis, pero en otro club distinto, con otro entrenador. Lo obligó a jugar exclusivamente con la zurda y le pidió que empezara a escribir también con su mano izquierda. Les decía a todos en la calle que su hijo era zurdo, incluso tratando de convencerlo a él. Luego de unos meses, cuando su juego había alcanzado cierto nivel, lo llevó ante el Zurdo. El resto de la historia, me dijo, ya la conocen todos. Desde entonces nadie fuera de su familia sabe que es en realidad derecho.

viernes 9 de octubre de 2009

Houston

Houston? We have a problem!
:)

viernes 25 de septiembre de 2009

Esta última semana

A las afueras de Bogotá pude ver que los páramos no respetan las cercanías con las metrópolis. Dejan crecer sus frailejones y hostigan con su frío insolente a los citadinos, que a su vez vienen a quejarse, sólo para volver la siguiente semana a quejarse de nuevo. Los toros de Lidia se quedan allí, sin saber que sus vidas apacibles en enormes praderas donde pastan sin ser molestados se debe a su función de representar la milenaria barbaridad humana.

En El Chorote, a su vez, detenidos en la carretera hacia La Calera para comer en ese piqueteadero, me encontré con gente conocida, amigos cercanos podría decirse. Siempre es un acontecimiento ver gente conocida lejos de casa. Para mi sorpresa, no pareció serlo para ellos. Me saludaron apenas, con cordialidad, claro, al fin son rolos. Pero sin secuelas. Sin planes. Sin muchas preguntas. Tal vez yo habría reaccionado distinto si los hubiese visto, sin previo aviso, comiendo empanadas en El Palito.

Luego, en la carretera a Punto Fijo, observé el apetito voraz de los Médanosde Coro, atrapada con las manos en la masa en pleno acto de tragarse la autopista cual bocadillo. Sí, atrapada, porque esos médanos son de género femenino. En la soledad vial de las doce de la noche tal espectáculo puede producir terror, como atestiguará mi copiloto. A mí me produjo algo más cercano a la conciencia de estar soñando.

Pero antes había hablado con Chipina, uno de los desplazados de la vaguada de La Guaira, quien terminó en un sindicato bolivariano de La Victoria, donde lo conocí mendigándome un Belmont con algo de vergüenza. No sabía por qué estaban en tribunales, ni por qué, si ya los habían llamado para volver a trabajar, no habían vuelto. Tampoco sabía con claridad qué estaban reclamando, ni por qué el hombre fornido y con mirada amenazante que aparecía en su cédula y llevaba su nombre no se parecía en nada a él, un anciano delgado de cueros colgantes y llagas en la piel. Desde que se fue de La Guaira ya no sabía nada.

Aún antes de eso miré con cierto temor varios pares de refinados ojos celeste inflamarse de sangre en Caracas, a la sola mención de personas medianamente relacionadas con el gobierno de turno. La hiel se olía hasta casi poder morderse, y aunque parezca absurdo, aquellas personas parecían disfrutar de su adicción a la hiel, que les recorría el cuerpo y les hinchaba los ojos claros, protegidas las pieles con cremas de nombres afrancesados y los cabellos con productos cuyos ingredientes parecen sacados de un exótico menú cantonés.

Ahora, escribiendo este post, pienso en Nirgua, lugar en el que estaré muy pronto si las cosas ocurren, no sé cómo, pero ocurren. Es que las cosas ocurren sin yo saber con claridad cómo.

martes 15 de septiembre de 2009

Leópolis III

Por un momento sintió pánico. Estando en medio de la selva, a más de seis días de caminata de cualquier lugar civilizado, no tuvo miedo a los animales salvajes, caer por el precipicio del tepuy o morir de hambre; pensó que no llegaría a ninguna parte. Su vida parecía plausible en medio de la selva. Mudarse a Leópolis y no hacer más nada. Fue entonces que sintió pánico.

Habían cruzado el río sin mayores problemas consiguiendo incluso múltiple provisiones, pero la ascensión al tepuy había tardado mucho más de lo previsto. No encontraban el camino o no habían podido seguirlo.

De pronto encontraron el primer vestigio: unos escalones tallados en la piedra. Se detuvieron, demasiado cansados para asombrarse. Sí que había pasado alguien por allí, y hacían varios siglos que habían sido tallados los rudimentarios escalones.

Subieron, sin prisa, hasta lo más alto del tepuy. Entonces, al anochecer, sentado con los pies colgando hacia el precipicio, se sentó a mirar la vasta selva y los tepuyes alrededor, hasta dónde las espesas nubes cargadas de agua se lo permitían.

Al siguiente día explorarían la cumbre. Mirarían entonces frente a frente las blancuzcas piedras que vieron desde una foto borrosa de google earth. Era para eso que habían venido.

Entonces empezó a llover a borbotones. Las carpas, armadas hacía minutos, se llenaron de inmediato. Se quedó mirando el agua chorreando por la tela impermeable -que no lo era del todo- desde la ventana porosa del iglú azul.

martes 1 de septiembre de 2009

Cautiverio

No sé cuánto tiempo llevo encerrado aquí, pero siento que me estoy atrofiando tras estas rejas. Desde que me separé de mi hermano y mi madre todo se ha tornado muy duro. Con frecuencia siento miedo, pero la rabia siempre es mayor. La ira tendía a recorrer mis venas y arterias ahogando cualquier otra emoción, ahora la sensación de miseria es al menos igualable. No puedo ver mis ojos, pero recuerdo que los de mi madre, con la rabia, se tornaban más claros, siempre que sentía que mi hermano y yo estábamos en peligro. Mi madre era de rabia fácil, quizá más que yo. Quisiera verla, pero no tras estas rejas conmigo. Hoy, ante la miseria en que vivo, apuesto a que mis ojos se han oscurecido y apagado.


Cuando la noche caía era un momento de júbilo en mi vida. Empezaba la cacería, recorría mis senderos y todos a mi paso huían. Pobre de aquellos que no me sentían venir. Mis firmes y silenciosos pasos hacían que mi pecho temblara. Pero era duro para mí también, no siempre hallaba presas. Pasé hambre muchas veces. Los momentos de abundancia eran gloriosos, pero escasos. Me bañaba en la sangre de mis víctimas, que bautizaban mi ira y le daban sentido. Tragar sangre es tragar ira. Desde que estoy tras estas desvencijadas rejas no sé lo que es saciar la ira con los bautizos de sangre. Ahora, las noches sólo aumentan mi miseria a cielo abierto. Las luces encendidas no me permiten ver las estrellas, apenas algunas, las más brillantes, que escapan del velo astral de los enceguecedores focos. Cuánto quisiera que los bombillos extinguieran su brillo y me encontrara en la oscuridad, frente a frente, con mis torpes y ruines captores. Sueño con ello y me despierto, miserable, ante el cautiverio.


Alimentarme, para mis captores, representa un momento de tensión. Al principio golpeaban las rejas con palos en el extremo opuesto a la puerta para entretenerme mientras abrían para soltar un trozo de carne. A veces, con la mirada fija en el imbécil que gritaba con el palo, ignoraba que tras de mí se abría una puerta; a veces me enteraba muy tarde y cuando, de dos potentes zancadas, llegaba a la puerta, esta se cerraba con estrépito frente a mí. Desde que le atiné un zarpazo a quien me cerraba la puerta, cada día cambian de estrategia. La miseria me ha hecho incluso desistir algunos días de moverme. Me echo en el piso y hasta ignoro la carne, a veces por días, hasta que se llena de moscas y su sabor ya no recuerda la sangre productora de ira, entonces sabe a miseria y a moscas.


Ciertas noches rujo, como lo hacía cuando estaba suelto. Sobre todo cuando la luna llena ilumina mis lunares y quiero correr por mis senderos y cazar. La ira me invade de nuevo y rujo, para el frágil placer de mis captores. Hoy alcancé a identificar en sus movimientos el miedo. Rugí, con las fuerzas que me quedan, y desde la distancia los hombres voltearon, como siempre, entretenidos. No esperaban escuchar a mi hermano responder desde el monte. Él anda suelto, como debemos andar los jaguares, y puso a correr a mis captores, que apagaron las fatídicas luces antes de irse, presas del miedo que les produjo el rugido de mi hermano suelto, el jaguar que ahora reina en el monte. Hoy, tras muchos días, puedo ver las estrellas y recordar cómo era ser un animal libre.

lunes 6 de julio de 2009

Leópolis II

Así, junto a los otros bajo la tenue llovizna, tan normal en el Amazonas, se preguntó en silencio, ¿Cómo explicar los ambiguos conjuros que he querido resaltar en este espacio? Salidas fáciles, como ir a Leópolis. Nunca se esperó la reacción del grupo, mezcla de ofendida sorna con incredulidad. El viaje a Leópolis estaba descartado sin lugar a réplica.

Un vacío tras las costillas era lo que sentía al recordar las duras palabras de los hombres de Leópolis cuando les dijo que no irían. Ellos esperaban una alegre aceptación a su invitación. Fue una conversación de extraños que creían, falsamente, haber leído con claridad al otro. Luego de un saludo incómodo, mientras caminaban por un sendero de la sabana, el anciano de Leópolis se atrasó mientras se acomodaba su calzado artesanal. Los jóvenes, entre risas, se dieron ánimos para preguntarle de una vez por todas, ¿Y tú comes cadáveres?, de un modo tan casual que lo que le produjo fue risa. Luego de unos segundos de incomprensión, respondió, ¿Se refieren a si como carne? Pues sí, es muy buena. Los jóvenes estallaron a reír, como ante la confesión de una seria travesura.

El anciano les dio alcance. Fue al grano. La respuesta fue también concisa, Hemos decidido no visitar Leópolis sino continuar con nuestra ruta. Con obvia decepción, pero con cierto respeto, al menos en cuanto dejaba entrever, el anciano le preguntó cuál era su ruta. Cuando le explicó que estaba en camino a la cima del tepuy que tenían enfrente, tras el río, pues unas fotos satelitales mostraron ciertas piedras blancas que podrían significar un descubrimiento arqueológico relacionado con los Incas, el anciano casi no daba crédito a sus palabras, ¿Qué clase de demonio peregrino te ha invadido para hacerte creer que alguna vez un inca tan solo puso un pie en estas tierras? ¿Acaso sabes las astrónomicas probabilidades de fracaso? Empecemos por llegar a la cima de ese tepuy, que no tiene rampa y está colmado de barrancos. La indignación del anciano era tal que no intentaba disuadirlo para que fuera a Leópolis, en realidad se había arrepentido de haberlo invitado alguna vez. Sólo trataba que ese insensato abriera un poco los ojos a la vacuidad de su viaje, pero nada más hasta la intersección de los senderos, cuando el anciano tomaría a la derecha con los dos jóvenes hasta perderse en ruta a su esóterico asentamiento, y él seguiría por el caminito de la izquierda, en dirección al resto del grupo que lo esperaba a la orilla del río.

Mientras se toma horas deliberadamente desenredando un largo mecate que sacó de su bolso, el resto del grupo arma el campamento para pasar la noche. Lo miran perder el tiempo, y lo dejan, jugando a creer que su vana labor de desenredar el mecate es crucial y complicada. A veces lo interrumpen con alguna pregunta tonta, siguiendo el juego, pues no saben del todo lo que piensa con el mecate húmedo entre las manos y la mirada perdida en la llovizna. No han descifrado que piensa en conjuros para cruzar el río y llegar a la cima.

lunes 15 de junio de 2009

La vuelta al mundo en 30 días

Salí de Singapur a la medianoche, rumbo a Pekín. En pleno apogeo de la paranoia internacional por la nueva influenza, mi nariz acuosa no auguraba el mejor viaje. En el aeropuerto en China amanecía al día más largo de mi vida -literalmente-, con innumerables lectores de temperatura operados en varios puntos de las apretadas colas de viajeros, quizás no las más convenientes en caso de que alguno de nosotros hubiese estado contagiado del irracionalmente temido virus. No tuve problema, me dejaron pasar pero tuve que quedarme en el área de pasajeros del aeropuerto ya que mi visa China se venció.


De nuevo, otro avión luego de una incómoda siesta con el obeso morral como almohada; era mediodía en China. La ruta más corta entre Pekín y Nueva York es el polo norte. Por catorce horas volé y la mayor parte del tiempo conversé con un iraní que tenía al lado sobre los enormes desiertos de hielo y nieve que se veían desde la ventana. Durante las catorce horas, volando hacia el oeste por el polo norte, fue mediodía. Literalmente: más de medio día de mediodía. Llegamos a Nueva York a las dos de la tarde, hora local, y el sol no se ocultó sino hasta las ocho esa noche. Demasiadas horas de sol: veintiséis, para ser exactos.


Con mis compañeros de postgrado, que se desperdigaron por el mundo luego de la graduación en Singapur, los días en Nueva York difícilmente pudieron ser más animados. Vale destacar el aporte colombiano, con un batallón de borrachos que no paró de rumbear como Dios manda. De más está decir, poco fue lo que me alejé del combo de mis vecinos. Sólo un par de días en Boston con mis panas Bhushan y Kevin (de India y Australia): nada que destacar, Boston tiene ínfulas de antigua (y lo es, a los estándares del nuevo continente) y un fanatismo beisbolero que entusiasma.


Manhattan, por otro lado, es insuperable en numerosos renglones. The Village es un paraíso múltiple e inclusivo, donde intelectuales, snobs y borrachos de esquina se sienten en casa. La variedad de cervezas es infinita (cuántas me quedé sin probar), las librerías invitan a que uno se mude y haga su vida dentro de ellas sin tener que salir más nunca, la diversidad de comida parece una asamblea de la ONU (mi favorita es la etíope). Los días se escurrieron entre la universidad, la rumba y las diligencias varias (paradójicamente alargados por la ausencia de Cristina).


Luego vino el núcleo del viaje: pit stop en Venezuela. No sin antes parar doce horas en Trinidad, pero de noche y con dos maletas de mano, entorpeciendo cualquier posible actividad recreacional fuera del aeropuerto. Dormí sobresaltado bajo un chorro de aire acondicionado capaz de resguardar carne de res por meses y junto a un parlante que sonaba como una estación de radio mal sintonizada y a mayores decibeles de los soportables. Volé en una avioneta de hélices hasta Maiquetía, en medio de una cruenta pelea por el posa-brazos con un enorme chino que se me sentó al lado, mientras miraba las alucinantes montañas de Sucre. Hasta que al fin aterricé en Venezuela. Cuatro frenéticos días en que no tuve tiempo de hacer casi nada ni ver a casi nadie. La boda de Alfredo fue el clímax. Cuando me vio (no sabía que yo iba a estar allí), caminando por el pasillo donde lo esperaban los invitados, su reacción inmediata fue mostrarme su dedo medio con vehemencia. Me fui de Venezuela sin los libros que quería buscar y sin hablar con tantas personas, que me deja un sabor a ansiedad por regresarme.


Para completar la vuelta me tocó volar por Europa. Doce horas parado en Frankfurt. Afortunadamente, esto sí fue de día. Caminé por horas por “la ciudad más moderna de Europa”, frustrado porque lo que me interesa de ese continente es más bien lo antiguo. Luego de cinco horas caminando sin rumbo decidí tratar de ubicarme, para encontrar que caminé tanto que el lugar en el que estaba quedaba fuera de lo dibujado en el mapa que me dieron. Sabiendo sólo profanos insultos e invitaciones sexuales en alemán, preferí pedir instrucciones en inglés, y no tuve problemas para conseguir de nuevo el aeropuerto: Frakfurt es como del tamaño de San Felipe.


Al fin, de regreso en Singapur, con Cristina de nuevo, me dedico a leer artículos de derecho constitucional asiático para mi trabajo (de medio tiempo, o cuarto de tiempo) y ponerme en contacto con los náufragos de la crisis económica mundial que quedan aquí, dedicados a organizar parrilladas, beber martinis y alguna que otra actividad para conseguir un trabajo de verdad (sin dejar de buscar ofertas de vuelos en la página de Tiger Airways y Jet Star Asia).