Desde Mayo de 2006 emigré de Venezuela, sin dejar de pensar en volver. Por largo que sea, esto es un solo viaje que no se termina hasta que regresemos. Espero recoger algunas impresiones del recorrido.
Por un momento sintió pánico. Estando en medio de la selva, a más de seis días de caminata de cualquier lugar civilizado, no tuvo miedo a los animales salvajes, caer por el precipicio del tepuy o morir de hambre; pensó que no llegaría a ninguna parte. Su vida parecía plausible en medio de la selva. Mudarse a Leópolis y no hacer más nada. Fue entonces que sintió pánico.
Habían cruzado el río sin mayores problemas consiguiendo incluso múltiple provisiones, pero la ascensión al tepuy había tardado mucho más de lo previsto. No encontraban el camino o no habían podido seguirlo.
De pronto encontraron el primer vestigio: unos escalones tallados en la piedra. Se detuvieron, demasiado cansados para asombrarse. Sí que había pasado alguien por allí, y hacían varios siglos que habían sido tallados los rudimentarios escalones.
Subieron, sin prisa, hasta lo más alto del tepuy. Entonces, al anochecer, sentado con los pies colgando hacia el precipicio, se sentó a mirar la vasta selva y los tepuyes alrededor, hasta dónde las espesas nubes cargadas de agua se lo permitían.
Al siguiente día explorarían la cumbre. Mirarían entonces frente a frente las blancuzcas piedras que vieron desde una foto borrosa de google earth. Era para eso que habían venido.
Entonces empezó a llover a borbotones. Las carpas, armadas hacía minutos, se llenaron de inmediato. Se quedó mirando el agua chorreando por la tela impermeable -que no lo era del todo- desde la ventana porosa del iglú azul.
Así, junto a los otros bajo la tenue llovizna, tan normal en el Amazonas, se preguntó en silencio, ¿Cómo explicar los ambiguos conjuros que he querido resaltar en este espacio? Salidas fáciles, como ir a Leópolis. Nunca se esperó la reacción del grupo, mezcla de ofendida sorna con incredulidad. El viaje a Leópolis estaba descartado sin lugar a réplica.
Un vacío tras las costillas era lo que sentía al recordar las duras palabras de los hombres de Leópolis cuando les dijo que no irían. Ellos esperaban una alegre aceptación a su invitación. Fue una conversación de extraños que creían, falsamente, haber leído con claridad al otro. Luego de un saludo incómodo, mientras caminaban por un sendero de la sabana, el anciano de Leópolis se atrasó mientras se acomodaba su calzado artesanal. Los jóvenes, entre risas, se dieron ánimos para preguntarle de una vez por todas, ¿Y tú comes cadáveres?, de un modo tan casual que lo que le produjo fue risa. Luego de unos segundos de incomprensión, respondió, ¿Se refieren a si como carne? Pues sí, es muy buena. Los jóvenes estallaron a reír, como ante la confesión de una seria travesura.
El anciano les dio alcance. Fue al grano. La respuesta fue también concisa, Hemos decidido no visitar Leópolis sino continuar con nuestra ruta. Con obvia decepción, pero con cierto respeto, al menos en cuanto dejaba entrever, el anciano le preguntó cuál era su ruta. Cuando le explicó que estaba en camino a la cima del tepuy que tenían enfrente, tras el río, pues unas fotos satelitales mostraron ciertas piedras blancas que podrían significar un descubrimiento arqueológico relacionado con los Incas, el anciano casi no daba crédito a sus palabras, ¿Qué clase de demonio peregrino te ha invadido para hacerte creer que alguna vez un inca tan solo puso un pie en estas tierras? ¿Acaso sabes las astrónomicas probabilidades de fracaso? Empecemos por llegar a la cima de ese tepuy, que no tiene rampa y está colmado de barrancos. La indignación del anciano era tal que no intentaba disuadirlo para que fuera a Leópolis, en realidad se había arrepentido de haberlo invitado alguna vez. Sólo trataba que ese insensato abriera un poco los ojos a la vacuidad de su viaje, pero nada más hasta la intersección de los senderos, cuando el anciano tomaría a la derecha con los dos jóvenes hasta perderse en ruta a su esóterico asentamiento, y él seguiría por el caminito de la izquierda, en dirección al resto del grupo que lo esperaba a la orilla del río.
Mientras se toma horas deliberadamente desenredando un largo mecate que sacó de su bolso, el resto del grupo arma el campamento para pasar la noche. Lo miran perder el tiempo, y lo dejan, jugando a creer que su vana labor de desenredar el mecate es crucial y complicada. A veces lo interrumpen con alguna pregunta tonta, siguiendo el juego, pues no saben del todo lo que piensa con el mecate húmedo entre las manos y la mirada perdida en la llovizna. No han descifrado que piensa en conjuros para cruzar el río y llegar a la cima.
Así, bajó de la cima del angosto tepuy en dirección opuesta a los tres extraños habitantes de la esotérica Leópolis. Mientras brincaba entre las piedras negras con pasto bajo, no notaba la neblina subir con mudo estrépito tras él, absorto en el dilema de su ruta en la selva. El rojizo río que los separaba del siguiente tepuy, en la cima del cual se encontraban los misteriosos peñascos blancos que vieron en borrosas fotos satelitales, estaba crecido. No podían seguir dilatando el tiempo de la expedición, con presupuesto y provisiones contados. La idea del fracaso, en la mente de todo el grupo, no había tomado forma en palabras, encontrando su límite en las expresiones corporales. Pensó que podía ser el momento de hablarlo e introducir la inesperada alternativa.
Fue en el aislado pueblo sabanero de El Paují cuando escucharon la leyenda, antes de empezar la larga caminata en busca de las ruinas. Esta población cambió para siempre a finales de los setenta, cuando un grupo de jóvenes caraqueños se asentaron allí. Sus prácticas de yoga y su estilo de vida vegano atrajeron a otros tantos como ellos, cambiando para siempre el otrora minúsculo asentamiento pemón. Según tres guías turísticos con quienes hablaron toda la noche, Leópolis es un secreto guardado con celo. Antes de sólo mencionar su nombre volteaban a los lados, nerviosos, y acercaban la cabeza al auditor con ojos perplejos, susurrando.
Entre murmullos, les contaron cómo se llevaron a cabo innumerables reuniones secretas en Caracas entre 1971 y 1975, diseñando lo que iba a ser la materialización de una utopía. Se mudarían a una zona aislada del planeta, rodeados de imponentes y protectoras montañas, los fantásticos tepuyes guayaneses, y cortarían todo contacto con la civilización. Nadie podía saber sus planes. Fue a pocos meses de emprender el viaje cuando uno de los fundadores de la idea vio nacer a sus primeras hijas, unas gemelas gloriosas. Embelesado con la paternidad prefirió abortar los planes y romper los solemnes juramentos antes que dejar de ver para siempre a la fuente de su orgullo, ya que la madre era ajena al proyecto. Luego de tormentosas discusiones que batieron los cimientos de la soñada empresa, acordaron que el desertor se llevaría el secreto a la tumba, no sin antes ayudarlos a resolver los últimos detalles logísticos. Viajaron todos hasta la última parada antes de separarse para siempre de la sociedad. Así, se despidieron en un minúsculo asentamiento pemón. El desertor, desolado, no quiso moverse de allí, y las gemelas llegaron luego con su madre para hacerle compañía. Fue así como surgió El Paují. De la suerte de Leópolis, la ciudad secreta, nada más se supo. El desertor aún vive en El Paují, y argumentan que el ahora septuagenario contó la historia entre sollozos bajo los efectos de un hongo de bosta vacuna, ignorando quién lo escuchaba.
Fue una historia entretenida para los miembros de la expedición, quienes la escucharon sin creerla. Su objetivo era llegar a las ruinas de una legendaria ciudad inca. Los conquistadores no descubrieron Machu Picchu por ignorancia y desdén, pues la historia inca documentaba claramente su existencia. Asimismo, hicieron varias referencias sobre una remotísima ciudad sagrada, más allá de la tupida selva, sobre una de las montañas con cima plana, casa de los dioses. Unas fotos satelitales refrescaron la memoria del que ahora baja por las piedras, confuso, casi alcanzado por la espesa neblina que lo persigue en silencio. Vio las fotos infinitas veces, no le cabía duda de que las extrañas piedras blancas fueron puestas por el hombre. Era esa, tal vez, en medio de la remota selva, la ciudad sagrada inca. Consiguió apoyo económico, un grupo de fotógrafos, camarógrafos y él, el arqueólogo, se lanzaron a la selva dispuestos a descubrir unas ruinas que dejarían al mundo asombrado.
Subió solo a la cima de un peñasco para ver mejor el río, en uno de los momentos más tensos de la expedición, con la moral del grupo destruida. Llegando, fue interceptado por un viejo y dos adolescentes. Viajaban con túnicas de cuero mal trabajado y los pies cubiertos con anchas trenzas. Eran blancos y hablaban un español diáfano. Le confesaron que tenían cuatro días siguiéndolos. Lo invitaron a Leópolis, seguros de que él nunca había escuchado mentarlo, con la condición de que dejara las cámaras. Él les pidió tiempo para consultarlo con el resto del grupo, a lo que ellos accedieron sonrientes, prometiéndole que al siguiente día se verían de nuevo. El trayecto, le dijeron, constaba de tres días, dependiendo del tiempo, pero no requerían cruzar el crecido río.
Ir significaba el final de la evasiva búsqueda de las ruinas incas, su objetivo original, a cambio de conocer las gentes y el aspecto de la secreta Leópolis. No habría gloriosas ruinas arqueológicas, su nombre no resaltaría en la portada de revistas y periódicos del mundo entero, ni Hollywood haría películas rememorando sus hazañas. Sin embargo, iba sobre seguro. No encontraría la decepción de unas sosas piedras blancas, obra del azar o de alguna tribu menor, sin valor histórico remarcable. Siempre pensó que lo que minaba la moral del grupo era la acechante sospecha de la mayoría de que las piedras serían un fiasco. Poco se imaginaba la ofensa unánime que sentirían cuando propusiera abandonar el glorioso plan de las ruinas incas.
Él sabía que debía decir que no a la invitación. Pero las salidas fáciles son muy tentadoras.