Desde Mayo de 2006 emigré de Venezuela, sin dejar de pensar en volver. Por largo que sea, esto es un solo viaje que no se termina hasta que regresemos. Espero recoger algunas impresiones del recorrido.
viernes, 9 de octubre de 2009
lunes, 27 de abril de 2009
El fantasma de la infame mujer sin cabeza vestida de blanco
Hace unos minutos fui a buscar un refresco a la máquina de enfrente de la biblioteca y me dio por caminar por los pasillos desolados de la universidad. En varias partes del campus hay pequeños letreros que pasan desapercibidos a cualquier ojo que no esté atento, que cuentan la relación del campus con la historia de Singapur. Debe haber docenas de estos letreros regados por el campus, yo he leído al menos diez sobre discursos de Lee Kuan Yew, el judío más rico del oriente o de sauces centenarios.
Este post es sobre el que acabo de leer. Está junto a la cancha de fútbol, bajando las escaleras de las oficinas del vice-decano. Debo haber estado allí al menos doscientas veces sin haberme percatado del letrero. Lo tuve que leer hoy, a las dos de la madrugada, cuando la universidad estaba íngrima y oscura.
Voy a traducir el contenido íntegro, así es más interesante:
“Historias de fantasmas han sido reportadas alrededor del campus. Sonidos de soldados japoneses marchando de arriba a abajo por los corredores y luces encendiéndose y apagándose aleatoriamente han sido comunmente asociados con la tortura y las matanzas durante la ocupación japonesa.
“También había un ascensor en el Departamento de Zoología que funcionaba por sí mismo, manejado por el “espíritu residente”. Sillas y mesas son lanzadas alrededor de los salones, de acuerdo con estudiantes que se quedan a estudiar hasta altas horas de la noche. El fantasma de la infame mujer sin cabeza vestida de blanco también se pasea alrededor del upper quad”.
Desde que le conté a Cristina no va al baño sola. Me toca acompañarla cada vez (es decir, cada diez minutos). Cabe destacar que estamos en un aula justo frente al upper quad.
martes, 11 de noviembre de 2008
Inclinación Natural
jueves, 23 de octubre de 2008
Saramago. Cine. Sexo. Chocolate. Vino. En ese orden.
La belleza es un término que ha sido manoseado inescrupulosamente por millares, con insolencia a veces, con ignorancia otras tantas. No sé en qué categoría(s) pudiera ubicar este post.
La belleza existe como valor, más allá de los sentidos, como meta espiritual. Cuando esa fuerza metafísica se manifiesta en el plano físico entonces podemos percibir que hay algo que orienta lo que perciben nuestros sentidos, no es sólo azar, hay un propósito superior. Ahora, la vulgarización puede producirse por cinismo, en un esfuerzo de evadir la expresión adecuada del valor estético para no ser catalogado de cursi. Se arroja entonces de forma prosaica el objeto que, aunque orientado por la belleza, se ve truncado en su manifestación por miedo. Claro, este miedo no es sin fundamento, la cursilería es un mal terrible, tanto que el sólo mencionar el término belleza ya conforma una presunción de empalagamiento feminizado con matices pasteles, como pasa con la palabra amor (destáquese que amor no es un valor, es otra cosa. A los fines de una breve diferenciación: la belleza sería una meta y el amor un motor). Entiendo que la cursilería se produce por un mal entendimiento de la belleza, una concepción superficial de la misma. Cuando se trata de manifestar la belleza sin comprender sus fundamentos estéticos sale una versión rosa que la mimetiza pobremente. En otros casos, cuando se intenta forzarla, sale una versión horrenda de pobres tonos barrocos.
Digamos, como analogía, que un burócrata leguleyo es el equivalente a un poeta cursi. La justicia debe orientar las funciones del estado, por ello deben existir reglas claras que permitan que fluyan los trámites. Ahora, un apego excesivo a las normas procedimentales sin fijarse en el valor superior por el cual fueron orientadas produce que quienes las apliquen puedan fácilmente ahogarse en un enredo de diligencias inconexas, perdiendo del todo el enfoque original. Ha de ser por este paralelo que abundan los burócratas cursis.
Lo asombroso de los valores es que pueden manifestarse de muchas maneras, como la justicia adjetiva (de allí el enfoque de tantos procesalistas en la filosofía jurídica), o aún la belleza en sus formas. Un ejemplo literario: Saramago, en su obra, utiliza al lenguaje como un vehículo de una forma tan magistral que nos hace comprender que todos estamos montados sobre este Ferrari pero lo conducimos sin saber hacer los cambios, pisar el embrague o frenar con delicadeza. Él mismo describe cómo el idioma elige a algunos para poder expresarse, desarrollarse, manifestarse, y se sabe elegido. Puede hablar de las decadencias más atroces, de los excesos más obscenos, de los extremos del leguleyismo o la cursilería, pero haciendo un uso del lenguaje que sorprendería aún en la descripción del proceso de estripar un sapo con un zapato.
El cinismo, uno de los elementos que hacen de la expresión de la belleza un acto prosaico, puede ser sublime. Woody Allen ha desarrollado la capacidad de presentar sarcasmos intelectuales en numerosas formas, haciendo un humor inteligente. Pero su última película, Vicky Cristina Barcelona, demuestra una madurez estética extraordinaria. Si bien los sarcasmos no son tan pronunciados y los hilarantes enredos se ven casi sacrificados, las escenas de esta película muestran un valor estético de gran artista, algo que quizás Woody Allen había mantenido escondido en su burdo sarcasmo.
Por otro lado, la película Blindness, basada en Ensayo sobre la ceguera de Saramago, tiene una escena de sexo en la que apenas borrosas siluetas pueden verse en flashes intermitentes tras un fondo totalmente blanco, sexo blanco. Los gemidos breves acompañan esa, la imagen más gráfica de la película, que insinúa sin pudor la humedad de la penetración y las punzadas genitales en un arrebato carnal. Es un paréntesis hermoso y brutal.
Es que el sexo tiene una relación directa con la belleza. Bien hecho, es una manifestación pura de ese valor en los sentidos de sus practicantes. Otros estimulantes complementan. El chocolate derretido en la lengua desencadena endorfinas y el vino tinto enloquece las papilas gustativas, las embriaga de placer.
Hoy, por lo tanto, experimento con la belleza. ¡Salud!
martes, 26 de agosto de 2008
Cebolla
domingo, 24 de agosto de 2008
Concentración
No me concentro. No culmino lo que empiezo. Por eso me he forzado a experimentar un proceso de cambio un tanto litúrgico. ¿Es liturgia esto? Si lo es, todo está bien, vamos encajando las piezas.
Esta liturgia de la concentración es un paso con doble filo, corta con el ritual, hiere con la razón sublimada, buscando la inspiración. Espero no encontrar más bien al instinto y confundirlo.
Hablo de cortes y heridas, pero ¿quién es el herido? ¿Estoy acaso cometiendo un acto de autodestrucción? Tal vez, depende de mi deber ser. Destruyo, luego construyo. ¿No debiera acaso construir sobre lo que ya existe? Pues algo debo limpiar el terreno, no todo es flores en un jardín.
Me faltan, sin embargo, otros dos cortes en los que debo trabajar. El trabajo por el trabajo, como un fin en sí mismo, es uno. Entender, y para ello entender que no entiendo, es el otro. Por ahora, trato de concentrarme, tal vez eso me sirva para seguir cortando y sembrando, y así eventualmente cosechar trabajados frutos del entendimiento de la ignorancia. Me concentraré en un ritual para comerlos y rogaré que no sean como la manzana de la discordia.
Espero que el esfuerzo no se desvanezca, al menos no sin dejar algún fruto, manzana o pera, mango no estaría mal.
miércoles, 16 de julio de 2008
Memoria y miedo
El ascensor del edificio donde vivo tiene dos tonos distintos para avisar su llegada. Uno es como un típico timbre, un tono alto seguido de otro bajo, “tilún". Este suena en todos los pisos, excepto en la planta baja. Allí suena un tono único, un “si” –que no la afirmación o el condicional sino la nota musical-, tal como la segunda y recurrente nota de Clair de Lune de Claude Debussy (bueno, allí suenan dos notas, pero el “si” predomina al oído). Cada vez que lo oigo, se desata a sonar en mi mente la pieza de Debussy y termino silbándola.
La memoria es una compleja herramienta. Saber manipularla produce insospechados beneficios. Es como tener un auto de Fórmula 1 parado en el garaje, si lo sabemos usar podremos ir a velocidades vertiginosas, aunque la mayor parte del tiempo no podremos hacerlo y tendremos que conformarnos con usar la primera y la segunda velocidad apenas. Pero si no sabemos manejarlo, vamos a perder un tiempo incalculable dando trompos, estrellándonos o simplemente tratando de arrancar sin que se apague el motor (asumiendo que no nos matemos).
La conexión de la memoria con las emociones es muy estrecha. Una frase, un aroma, una sensación, puede desencadenar una serie de recuerdos y emociones que nos avasallan. Ahí se nos esconde el miedo.
Cuando algo nos produce miedo podemos hacer tres cosas distintas. La primera es paralizarnos.
Ver al depredador acercarse, con los ojos enrojecidos del hambre y la rabia, y no hacer nada. La segunda es huir. Esta opción es de doble filo, puede salvarnos en el momento adecuado, aunque la paranoia puede, en medio de un pánico desmedido, hacernos correr directo hacia aquello de lo que huimos. La tercera posibilidad es igualmente ambigua. Enfrentarse a la amenaza suena muy valiente, pero puede demostrar exceso de optimismo de nuestra parte si no sabemos evaluar el riesgo en el que incurrimos y podemos terminar valientemente devorados cuando pudimos escapar. Claro, también podemos vencer y vernos fortalecidos.
La cuestión está en la evaluación y la identificación de la amenaza. Un amigo me preguntó una vez cuál era mi mayor miedo, a lo que respondí inmediatamente: la arrogancia. Convertirme en un ser con un complejo de superioridad, que considera que su opinión es sustancialmente más poderosa que la de casi cualquier otro, que emite prejuicios sobre la competencia o los valores de otros, considerando que no igualan a los suyos, me parece lo más deplorable en lo que me pudiera convertir. Mi amigo me respondió de inmediato que mi miedo en ese caso era mi ruta. Huir de algo es andar su camino. Terminaré en el centro de la arrogancia en mi ímpetu por alejarme de ella. ¿Cómo abordar esta situación? Aceptar -no la arrogancia, sino el miedo-. Eso significa enfrentar. Hay algo en mí que me conduce hacia allá, lo acepto, caminaré otra ruta. Si no lo acepto, si no lo identifico, sigo "huyendo" hacia el depredador.
Suena fácil.