Desde Mayo de 2006 emigré de Venezuela, sin dejar de pensar en volver. Por largo que sea, esto es un solo viaje que no se termina hasta que regresemos. Espero recoger algunas impresiones del recorrido.
Así, junto a los otros bajo la tenue llovizna, tan normal en el Amazonas, se preguntó en silencio, ¿Cómo explicar los ambiguos conjuros que he querido resaltar en este espacio? Salidas fáciles, como ir a Leópolis. Nunca se esperó la reacción del grupo, mezcla de ofendida sorna con incredulidad. El viaje a Leópolis estaba descartado sin lugar a réplica.
Un vacío tras las costillas era lo que sentía al recordar las duras palabras de los hombres de Leópolis cuando les dijo que no irían. Ellos esperaban una alegre aceptación a su invitación. Fue una conversación de extraños que creían, falsamente, haber leído con claridad al otro. Luego de un saludo incómodo, mientras caminaban por un sendero de la sabana, el anciano de Leópolis se atrasó mientras se acomodaba su calzado artesanal. Los jóvenes, entre risas, se dieron ánimos para preguntarle de una vez por todas, ¿Y tú comes cadáveres?, de un modo tan casual que lo que le produjo fue risa. Luego de unos segundos de incomprensión, respondió, ¿Se refieren a si como carne? Pues sí, es muy buena. Los jóvenes estallaron a reír, como ante la confesión de una seria travesura.
El anciano les dio alcance. Fue al grano. La respuesta fue también concisa, Hemos decidido no visitar Leópolis sino continuar con nuestra ruta. Con obvia decepción, pero con cierto respeto, al menos en cuanto dejaba entrever, el anciano le preguntó cuál era su ruta. Cuando le explicó que estaba en camino a la cima del tepuy que tenían enfrente, tras el río, pues unas fotos satelitales mostraron ciertas piedras blancas que podrían significar un descubrimiento arqueológico relacionado con los Incas, el anciano casi no daba crédito a sus palabras, ¿Qué clase de demonio peregrino te ha invadido para hacerte creer que alguna vez un inca tan solo puso un pie en estas tierras? ¿Acaso sabes las astrónomicas probabilidades de fracaso? Empecemos por llegar a la cima de ese tepuy, que no tiene rampa y está colmado de barrancos. La indignación del anciano era tal que no intentaba disuadirlo para que fuera a Leópolis, en realidad se había arrepentido de haberlo invitado alguna vez. Sólo trataba que ese insensato abriera un poco los ojos a la vacuidad de su viaje, pero nada más hasta la intersección de los senderos, cuando el anciano tomaría a la derecha con los dos jóvenes hasta perderse en ruta a su esóterico asentamiento, y él seguiría por el caminito de la izquierda, en dirección al resto del grupo que lo esperaba a la orilla del río.
Mientras se toma horas deliberadamente desenredando un largo mecate que sacó de su bolso, el resto del grupo arma el campamento para pasar la noche. Lo miran perder el tiempo, y lo dejan, jugando a creer que su vana labor de desenredar el mecate es crucial y complicada. A veces lo interrumpen con alguna pregunta tonta, siguiendo el juego, pues no saben del todo lo que piensa con el mecate húmedo entre las manos y la mirada perdida en la llovizna. No han descifrado que piensa en conjuros para cruzar el río y llegar a la cima.
Salí de Singapur a la medianoche, rumbo a Pekín. En pleno apogeo de la paranoia internacional por la nueva influenza, mi nariz acuosa no auguraba el mejor viaje. En el aeropuerto en China amanecía al día más largo de mi vida -literalmente-, con innumerables lectores de temperatura operados en varios puntos de las apretadas colas de viajeros, quizás no las más convenientes en caso de que alguno de nosotros hubiese estado contagiado del irracionalmente temido virus. No tuve problema, me dejaron pasar pero tuve que quedarme en el área de pasajeros del aeropuerto ya que mi visa China se venció.
De nuevo, otro avión luego de una incómoda siesta con el obeso morral como almohada; era mediodía en China. La ruta más corta entre Pekín y Nueva York es el polo norte. Por catorce horas volé y la mayor parte del tiempo conversé con un iraní que tenía al lado sobre los enormes desiertos de hielo y nieve que se veían desde la ventana. Durante las catorce horas, volando hacia el oeste por el polo norte, fue mediodía. Literalmente: más de medio día de mediodía. Llegamos a Nueva York a las dos de la tarde, hora local, y el sol no se ocultó sino hasta las ocho esa noche. Demasiadas horas de sol: veintiséis, para ser exactos.
Con mis compañeros de postgrado, que se desperdigaron por el mundo luego de la graduación en Singapur, los días en Nueva York difícilmente pudieron ser más animados. Vale destacar el aporte colombiano, con un batallón de borrachos que no paró de rumbear como Dios manda. De más está decir, poco fue lo que me alejé del combo de mis vecinos. Sólo un par de días en Boston con mis panas Bhushan y Kevin (de India y Australia): nada que destacar, Boston tiene ínfulas de antigua (y lo es, a los estándares del nuevo continente) y un fanatismo beisbolero que entusiasma.
Manhattan, por otro lado, es insuperable en numerosos renglones. The Village es un paraíso múltiple e inclusivo, donde intelectuales, snobs y borrachos de esquina se sienten en casa. La variedad de cervezas es infinita (cuántas me quedé sin probar), las librerías invitan a que uno se mude y haga su vida dentro de ellas sin tener que salir más nunca, la diversidad de comida parece una asamblea de la ONU (mi favorita es la etíope). Los días se escurrieron entre la universidad, la rumba y las diligencias varias (paradójicamente alargados por la ausencia de Cristina).
Luego vino el núcleo del viaje: pit stop en Venezuela. No sin antes parar doce horas en Trinidad, pero de noche y con dos maletas de mano, entorpeciendo cualquier posible actividad recreacional fuera del aeropuerto. Dormí sobresaltado bajo un chorro de aire acondicionado capaz de resguardar carne de res por meses y junto a un parlante que sonaba como una estación de radio mal sintonizada y a mayores decibeles de los soportables. Volé en una avioneta de hélices hasta Maiquetía, en medio de una cruenta pelea por el posa-brazos con un enorme chino que se me sentó al lado, mientras miraba las alucinantes montañas de Sucre. Hasta que al fin aterricé en Venezuela. Cuatro frenéticos días en que no tuve tiempo de hacer casi nada ni ver a casi nadie. La boda de Alfredo fue el clímax. Cuando me vio (no sabía que yo iba a estar allí), caminando por el pasillo donde lo esperaban los invitados, su reacción inmediata fue mostrarme su dedo medio con vehemencia. Me fui de Venezuela sin los libros que quería buscar y sin hablar con tantas personas, que me deja un sabor a ansiedad por regresarme.
Para completar la vuelta me tocó volar por Europa. Doce horas parado en Frankfurt. Afortunadamente, esto sí fue de día. Caminé por horas por “la ciudad más moderna de Europa”, frustrado porque lo que me interesa de ese continente es más bien lo antiguo. Luego de cinco horas caminando sin rumbo decidí tratar de ubicarme, para encontrar que caminé tanto que el lugar en el que estaba quedaba fuera de lo dibujado en el mapa que me dieron. Sabiendo sólo profanos insultos e invitaciones sexuales en alemán, preferí pedir instrucciones en inglés, y no tuve problemas para conseguir de nuevo el aeropuerto: Frakfurt es como del tamaño de San Felipe.
Al fin, de regreso en Singapur, con Cristina de nuevo, me dedico a leer artículos de derecho constitucional asiático para mi trabajo (de medio tiempo, o cuarto de tiempo) y ponerme en contacto con los náufragos de la crisis económica mundial que quedan aquí, dedicados a organizar parrilladas, beber martinis y alguna que otra actividad para conseguir un trabajo de verdad (sin dejar de buscar ofertas de vuelos en la página de Tiger Airways y Jet Star Asia).
Son las dos de la madrugada y estoy en un salón de la universidad en Singapur. Mientras Cris estudia, yo edito ensayos para KAS, leo mil cosas en internet y escucho Astor Piazzola y Coeur de Pirate.
Hace unos minutos fui a buscar un refresco a la máquina de enfrente de la biblioteca y me dio por caminar por los pasillos desolados de la universidad. En varias partes del campus hay pequeños letreros que pasan desapercibidos a cualquier ojo que no esté atento, que cuentan la relación del campus con la historia de Singapur. Debe haber docenas de estos letreros regados por el campus, yo he leído al menos diez sobre discursos de Lee Kuan Yew, el judío más rico del oriente o de sauces centenarios.
Este post es sobre el que acabo de leer. Está junto a la cancha de fútbol, bajando las escaleras de las oficinas del vice-decano. Debo haber estado allí al menos doscientas veces sin haberme percatado del letrero. Lo tuve que leer hoy, a las dos de la madrugada, cuando la universidad estaba íngrima y oscura.
Voy a traducir el contenido íntegro, así es más interesante:
“Historias de fantasmas han sido reportadas alrededor del campus. Sonidos de soldados japoneses marchando de arriba a abajo por los corredores y luces encendiéndose y apagándose aleatoriamente han sido comunmente asociados con la tortura y las matanzas durante la ocupación japonesa.
“También había un ascensor en el Departamento de Zoología que funcionaba por sí mismo, manejado por el “espíritu residente”. Sillas y mesas son lanzadas alrededor de los salones, de acuerdo con estudiantes que se quedan a estudiar hasta altas horas de la noche. El fantasma de la infame mujer sin cabeza vestida de blanco también se pasea alrededor del upper quad”.
Desde que le conté a Cristina no va al baño sola. Me toca acompañarla cada vez (es decir, cada diez minutos). Cabe destacar que estamos en un aula justo frente al upper quad.
Así, bajó de la cima del angosto tepuy en dirección opuesta a los tres extraños habitantes de la esotérica Leópolis. Mientras brincaba entre las piedras negras con pasto bajo, no notaba la neblina subir con mudo estrépito tras él, absorto en el dilema de su ruta en la selva. El rojizo río que los separaba del siguiente tepuy, en la cima del cual se encontraban los misteriosos peñascos blancos que vieron en borrosas fotos satelitales, estaba crecido. No podían seguir dilatando el tiempo de la expedición, con presupuesto y provisiones contados. La idea del fracaso, en la mente de todo el grupo, no había tomado forma en palabras, encontrando su límite en las expresiones corporales. Pensó que podía ser el momento de hablarlo e introducir la inesperada alternativa.
Fue en el aislado pueblo sabanero de El Paují cuando escucharon la leyenda, antes de empezar la larga caminata en busca de las ruinas. Esta población cambió para siempre a finales de los setenta, cuando un grupo de jóvenes caraqueños se asentaron allí. Sus prácticas de yoga y su estilo de vida vegano atrajeron a otros tantos como ellos, cambiando para siempre el otrora minúsculo asentamiento pemón. Según tres guías turísticos con quienes hablaron toda la noche, Leópolis es un secreto guardado con celo. Antes de sólo mencionar su nombre volteaban a los lados, nerviosos, y acercaban la cabeza al auditor con ojos perplejos, susurrando.
Entre murmullos, les contaron cómo se llevaron a cabo innumerables reuniones secretas en Caracas entre 1971 y 1975, diseñando lo que iba a ser la materialización de una utopía. Se mudarían a una zona aislada del planeta, rodeados de imponentes y protectoras montañas, los fantásticos tepuyes guayaneses, y cortarían todo contacto con la civilización. Nadie podía saber sus planes. Fue a pocos meses de emprender el viaje cuando uno de los fundadores de la idea vio nacer a sus primeras hijas, unas gemelas gloriosas. Embelesado con la paternidad prefirió abortar los planes y romper los solemnes juramentos antes que dejar de ver para siempre a la fuente de su orgullo, ya que la madre era ajena al proyecto. Luego de tormentosas discusiones que batieron los cimientos de la soñada empresa, acordaron que el desertor se llevaría el secreto a la tumba, no sin antes ayudarlos a resolver los últimos detalles logísticos. Viajaron todos hasta la última parada antes de separarse para siempre de la sociedad. Así, se despidieron en un minúsculo asentamiento pemón. El desertor, desolado, no quiso moverse de allí, y las gemelas llegaron luego con su madre para hacerle compañía. Fue así como surgió El Paují. De la suerte de Leópolis, la ciudad secreta, nada más se supo. El desertor aún vive en El Paují, y argumentan que el ahora septuagenario contó la historia entre sollozos bajo los efectos de un hongo de bosta vacuna, ignorando quién lo escuchaba.
Fue una historia entretenida para los miembros de la expedición, quienes la escucharon sin creerla. Su objetivo era llegar a las ruinas de una legendaria ciudad inca. Los conquistadores no descubrieron Machu Picchu por ignorancia y desdén, pues la historia inca documentaba claramente su existencia. Asimismo, hicieron varias referencias sobre una remotísima ciudad sagrada, más allá de la tupida selva, sobre una de las montañas con cima plana, casa de los dioses. Unas fotos satelitales refrescaron la memoria del que ahora baja por las piedras, confuso, casi alcanzado por la espesa neblina que lo persigue en silencio. Vio las fotos infinitas veces, no le cabía duda de que las extrañas piedras blancas fueron puestas por el hombre. Era esa, tal vez, en medio de la remota selva, la ciudad sagrada inca. Consiguió apoyo económico, un grupo de fotógrafos, camarógrafos y él, el arqueólogo, se lanzaron a la selva dispuestos a descubrir unas ruinas que dejarían al mundo asombrado.
Subió solo a la cima de un peñasco para ver mejor el río, en uno de los momentos más tensos de la expedición, con la moral del grupo destruida. Llegando, fue interceptado por un viejo y dos adolescentes. Viajaban con túnicas de cuero mal trabajado y los pies cubiertos con anchas trenzas. Eran blancos y hablaban un español diáfano. Le confesaron que tenían cuatro días siguiéndolos. Lo invitaron a Leópolis, seguros de que él nunca había escuchado mentarlo, con la condición de que dejara las cámaras. Él les pidió tiempo para consultarlo con el resto del grupo, a lo que ellos accedieron sonrientes, prometiéndole que al siguiente día se verían de nuevo. El trayecto, le dijeron, constaba de tres días, dependiendo del tiempo, pero no requerían cruzar el crecido río.
Ir significaba el final de la evasiva búsqueda de las ruinas incas, su objetivo original, a cambio de conocer las gentes y el aspecto de la secreta Leópolis. No habría gloriosas ruinas arqueológicas, su nombre no resaltaría en la portada de revistas y periódicos del mundo entero, ni Hollywood haría películas rememorando sus hazañas. Sin embargo, iba sobre seguro. No encontraría la decepción de unas sosas piedras blancas, obra del azar o de alguna tribu menor, sin valor histórico remarcable. Siempre pensó que lo que minaba la moral del grupo era la acechante sospecha de la mayoría de que las piedras serían un fiasco. Poco se imaginaba la ofensa unánime que sentirían cuando propusiera abandonar el glorioso plan de las ruinas incas.
Él sabía que debía decir que no a la invitación. Pero las salidas fáciles son muy tentadoras.
Desde el anterior post sobre Sri Lanka, Maletas II, hasta hoy, tres meses después, hemos atravesado media Asia. Viajar produce adicción, una sed insaciable por ver algo distinto. Un mes en China, país de dimensiones indescriptibles, fue el preludio de una llovizna de viajes cortos en el sureste asiático. Manila, una ciudad amorfa que muestra el caos del infructuoso camino a la industrialización, la ilustración de la metrópolis en vías de desarrollo. Guam, el aburrimiento hecho isla. Camboya y su Angkor Watt, que esconde entre sus ruinas en la selva lo que fue la ciudad más poblada del planeta hace un milenio. Kuala Lumpur, una flaca que se hizo las tetas. Malacca, el puerto seguro de Sandokán.Bangkok y su lujurioso frenesí, donde la prostitución y la espiritualidad conviven en armonía. Bali, la gran mentira de la publicidad post-moderna, llena de hinduismo en un país musulmán, donde lo que pasa entre sus nativos y sus turistas es más distante que VTV y Globovisión. El regreso constante a Singapur, la mejor ilustración de la paradoja post-moderna. Tanto viajar en tan poco tiempo equivale a ver el mundo constantemente a través de un caleidoscopio.
No tengo idea qué rincón del planeta nos espera ahora, lo que sé es que puede ser cualquiera.
Esta mañana nos despertamos con ganas de viajar y nos encontramos con dos alicientes: una oferta inusual de emiratos airlines a Sri Lanka y un proceso para obtener la visa reducido a un tercio de día. En menos de veinte horas voy a estar en Colombo, Sri Lanka, sin saber casi nada de ese país. La verdadera complicación del asunto consiste en que debemos entregar el apartamento antes de irnos, y aún no hemos empacado. Luego, llegamos el catorce de Sri Lanka para salir de nuevo a Shenzhen, desde donde empezamos un mes de mochileros en China.
A mi alrededor las botellas, las frutas, el polvo y múltiples objetos al azar que terminaron en la mesa de la cocina por un proceso de absoluta carencia de orden, se aglomeran esperando que alguien los ubique. Las rumas y el caos hacen ver el asunto maratónico.
Quizás el destino globalizado de los objetos que me rodean refleja lo que estamos viviendo aquí. La mayor parte va a parar en el balcón de un mongol, unas tres cajas al rincón del apartamento de una pareja coreano-japonesa, todo lo comestible a casa de una familia chilena y los abrigos para China al cuarto de una de las parejas de colombianos que se van con nosotros de mochileros.
Pero una arepa en Asia siempre ayuda a que proyecte mejores perspectivas. Me voy a comer y a ver si empaco algo luego.
Mi pierna izquierda es tres centímetros mas corta que mi pierna derecha. Por tal motivo, tengo una inclinación natural hacia la izquierda, no puedo evitarlo. Sin embargo, últimamente me ha estado doliendo la planta del pie izquierdo. ¿Será que me estoy empinando un poco para centralizarme y mi cuerpo no lo aprueba?